La recomendación de las sociedades de odontopediatría es clara: la primera visita debería producirse en torno al primer año de vida, o al poco de que erupcione el primer diente. No para tratar nada, sino para revisar, orientar a los padres y empezar la relación.
Esa primera visita temprana es sobre todo preventiva: se valora el riesgo de caries, se revisan hábitos como el biberón nocturno o el uso del chupete, y se enseña a los padres cómo higienizar la boca del bebé.
La segunda cita clave llega hacia los seis o siete años, cuando erupcionan los primeros molares definitivos: es el momento de la primera valoración de ortodoncia y de plantear selladores.
Cómo preparar la visita
Sin darle importancia especial: cuanto más solemne lo hagas, más lo cargas.
Ni siquiera para negarla. «No te va a doler» introduce una idea que no estaba.
El «si no te lavas los dientes te llevo al dentista» hace mucho daño a largo plazo.
Los niños llevan mucho mejor la consulta descansados que después de una tarde larga.
Si el niño responde a las preguntas, el vínculo se establece con él, no contigo.
Anticipa que va a ocurrir algo desagradable que hay que compensar.
La frase que más problemas causa es «no te va a doler». El niño no había pensado en el dolor hasta que alguien lo nombró.