Una carilla es una lámina de cerámica o de composite que se adhiere a la cara externa del diente. Cambia lo que se ve —el color, la forma, el tamaño, la proporción— sin tocar el resto de la estructura dental.
La diferencia fundamental está en el material. La porcelana y el disilicato de litio ofrecen un comportamiento óptico muy parecido al del diente natural, no se tiñen y duran mucho más; el composite se hace directamente en boca en una sola sesión, cuesta menos y se puede reparar, pero pierde brillo con el tiempo.
La otra decisión es cuánto diente hay que tallar. En muchos casos se puede trabajar con microcarillas de mínimo o nulo desgaste, sobre todo si hay que aportar volumen o alargar dientes. En otros, si el diente está muy oscuro o mal posicionado, se necesita algo de tallado para que la carilla no quede voluminosa.
Nunca empezamos por el tallado. Primero diseñamos la sonrisa, la probamos en tu boca con un mock-up provisional y la ves puesta antes de que nada sea irreversible. Solo cuando estás conforme se pasa a la fase definitiva.
Ninguna carilla debería colocarse antes de que hayas visto y aprobado la sonrisa que te vamos a hacer.