El tercio inferior del rostro —de la nariz al mentón— depende directamente de la altura de la mordida. Esa altura la marcan los dientes, así que cuando se desgastan a lo largo de décadas, la distancia se acorta y la cara cambia de proporciones.
Los signos son reconocibles: comisuras que caen, surcos nasogenianos más marcados, labio superior que parece más fino y desaparece al hablar, mentón que se adelanta ligeramente. Se atribuyen a la edad, y en parte lo son, pero su causa mecánica está en la boca.
Recuperar la longitud perdida de los dientes devuelve el soporte y con él las proporciones. En la práctica se percibe como un rejuvenecimiento del tercio inferior, con un efecto que ningún relleno reproduce, porque el relleno añade volumen pero no restituye la estructura de soporte.
Qué cambia al restaurar la longitud
El incisivo sostiene el labio: al recuperar longitud, el labio vuelve a apoyarse.
Con la edad se muestran menos dientes superiores y más inferiores. Se invierte.
Se recupera la dimensión vertical perdida por años de desgaste.
Con más soporte, el ángulo de la boca deja de caer tanto en reposo.
Se suavizan al recuperar el volumen de apoyo del labio.
El diseño corrige desviaciones de la línea media y desniveles del plano incisal.
Ningún relleno sustituye al soporte que dan los dientes. Se puede rellenar un labio, pero no se puede rellenar una mordida.