Cuando pierdes un diente, el hueso que lo sostenía deja de recibir estímulo y empieza a reabsorberse. Al cabo de unos años puede quedar un reborde tan estrecho o tan bajo que no admite un implante con seguridad. Es la situación que muchos pacientes escuchan como «no tienes hueso».
La regeneración ósea guiada resuelve exactamente eso: añadimos material de injerto en la zona deficitaria, lo protegemos con una membrana y dejamos que tu propio organismo forme hueso nuevo alrededor. Pasados unos meses, el volumen recuperado ya admite el implante.
Existen distintos tipos de injerto —tu propio hueso, hueso de banco, materiales sintéticos o de origen animal— y la elección depende de cuánto volumen hay que recuperar y en qué dirección: no es lo mismo ganar anchura que altura.
Lo primero, siempre, es medir. Con el TAC 3D vemos el hueso real que te queda en milímetros, en tres dimensiones. Solo con esa información se puede decir con honestidad si tu caso necesita injerto, si basta con elegir bien la posición del implante, o si la solución pasa por otra vía.
La falta de hueso rara vez es un «no». Casi siempre es un «primero esto, y después el implante».