Una infiltración dental duele por tres motivos, y los tres se pueden trabajar: el pinchazo de la aguja atravesando la mucosa, la presión del líquido al distender el tejido, y el escozor que provoca el propio anestésico por su acidez y su temperatura.
La aguja es, sorprendentemente, la parte menor. Con gel anestésico aplicado sobre mucosa seca y esperando el tiempo real que necesita —no diez segundos—, la penetración pasa casi desapercibida.
Lo que más duele es la velocidad. Inyectar deprisa distiende bruscamente el tejido y eso sí se nota. Una infiltración lenta, de un minuto o más, cambia por completo la experiencia. Es la diferencia entre un recuerdo neutro y uno que alimenta la fobia durante años.
La diferencia entre una infiltración que se recuerda y una que no suele estar en el minuto que se tarda en ponerla.