La región orofacial está inervada por el trigémino, un nervio con un territorio enorme y una gran capacidad de referir dolor. Eso significa que una sobrecarga muscular puede percibirse como dolor de muelas, y un problema articular como dolor de oído.
La consecuencia práctica es que un porcentaje nada despreciable de pacientes con dolor orofacial llega tras haber pasado por varias consultas, a veces con tratamientos dentales realizados sobre dientes que estaban sanos.
Por eso la exploración no empieza por los dientes. Empieza por caracterizar el dolor —dónde, cuándo, cómo, qué lo desencadena y qué lo alivia— y por explorar sistemáticamente articulación, musculatura, oclusión y estructuras vecinas.
Antes de tratar un dolor de cara hay que responder a una pregunta: ¿de dónde viene realmente?