Antes de colocar un implante hay cuatro datos que determinan si es viable y cómo: la altura de hueso disponible, su anchura, su densidad y la distancia a las estructuras que hay que respetar —el nervio dentario en la mandíbula, el seno maxilar arriba—.
De esos cuatro, la radiografía panorámica solo aporta el primero con fiabilidad, y de forma aproximada. Al aplanar un volumen tridimensional pierde precisamente la dimensión del grosor, que es la que más veces decide si un implante cabe o si hace falta regenerar.
Ese es el origen de buena parte de los «no tienes hueso» que llegan a consulta en segundas opiniones: diagnósticos emitidos sobre una proyección plana. Un reborde que en la panorámica parece suficiente puede tener tres milímetros de anchura, algo que solo se ve en un corte transversal.
Muchos «no hay hueso» son en realidad «no se ve en la panorámica». Son cosas distintas.