La periodontitis —lo que popularmente se llama piorrea— es una infección crónica que destruye el hueso que sostiene los dientes. Empieza como una gingivitis, con sangrado al cepillarse, y si no se trata progresa hasta que los dientes se mueven, se separan y acaban perdiéndose.
Lo característico, y lo peligroso, es que casi no duele. Muchos pacientes llegan cuando ya notan movilidad, y en ese punto el hueso perdido no se recupera espontáneamente. Por eso el sangrado nunca debería normalizarse: es la señal de alarma que tenemos.
El tratamiento tiene un objetivo claro: detener la infección y estabilizar lo que queda. Se hace en fases —estudio, raspado y alisado radicular, reevaluación y, si hace falta, cirugía periodontal o regeneración— y sus resultados se miden objetivamente con el sondaje.
La otra mitad del tratamiento es el mantenimiento. La periodontitis es una enfermedad crónica: se controla, no se cura del todo. Un paciente que sigue su calendario de revisiones conserva sus dientes durante décadas; uno que abandona el mantenimiento recae.
El hueso perdido por la periodontitis no vuelve solo. Lo que sí está en nuestra mano es que no se pierda ni un milímetro más.