Una encía sana no sangra. Ni al cepillarse, ni con el hilo dental, ni al morder una manzana. Cuando sangra es porque hay inflamación, y la inflamación siempre tiene la misma causa de fondo: acumulación de placa bacteriana en el margen de la encía.
Esa primera fase se llama gingivitis. La encía se ve enrojecida, hinchada y brillante, sangra con facilidad y puede doler al cepillar. Lo importante de esta fase es que es completamente reversible: si se elimina la causa, la encía vuelve a su estado normal sin secuelas.
El problema aparece cuando se deja pasar. Si la inflamación se mantiene en el tiempo, en pacientes susceptibles pasa a afectar al hueso que sostiene el diente y se convierte en periodontitis. En ese punto el daño ya no se revierte: el hueso perdido no vuelve solo.
De ahí que insistamos tanto en esto. La diferencia entre una revisión a tiempo y una consulta dos años después no es un tratamiento más corto: es conservar o no el soporte de tus dientes.
La gingivitis es la única fase de la enfermedad de las encías que se cura del todo. Vale la pena no pasar de ahí.